TRABAJO SOCIAL E INTELIGENCIA FINANCIERA: EL PORQUÉ ME ARREPIENTO DE HABER HECHO TANTO VOLUNTARIADO

Durante el pasado mes de Enero, al tener vacaciones me he permitido el lujo de poder quedar con todos los amigos y amigas que ya no viven en Sevilla y que volvían a casa por Navidad.
Además de la tremenda alegría que da volver a ver a amigos que, por circunstancias laborales, ya no puedes ver a menudo, varios de ellos me dejaron charlas trascendentales, de esas que te dan una idea de por dónde debes orientar los objetivos de año nuevo.
Tengo que decir que los meses julio-agosto-septiembre y los que siguen han sido muy difíciles para mí en el plano laboral. La morosidad de las administraciones públicas (que aún continúa inexplicablemente) y las muchas opciones que tengo abiertas, me tenían sumida en una especie de estado de shok: ¿por dónde tirar? ¿Por qué he sido tan estúpida de haber delegado mi sueldo del 2015 en una subvención? ¿Tendré éxito en mis proyectos más ambiciosos?
Sobre todo esto me quejaba a un amigo que tenía una trayectoria bastante parecida a la mía: es emprendedor, muy formado y con una ilusión desbordante. Además tengo que decir que mi amigo es lo que se llama en el mundo empresarial un “Connector”. Los connectors son personas que parecen que han nacido con una agenda y un teléfono móvil bajo el brazo. Mi amigo destaca por su cantidad de contactos y el firme empeño de que esos contactos se conozcan entre sí y lo que es más importante, que se ayuden entre sí. Si quieres que te presenten a alguien tienes que llamarlo y él te lo presentará encantado. De hecho, le gusta tanto su labor como “casamentero profesional” que se dedica profesionalmente al networking actualmente.
Mi amigo me escuchó y me dijo: “ayyy Almudena, yo también he pasado por eso. Y te diré lo que me recomendaron mis mentores de por entonces. Has emprendido demasiado pronto y te estás agotando. Tienes que aprender más sobre la vida. La gente tan idealista como nosotros no para de emprender cosas. Está en nuestra naturaleza, pero tienes que equilibrarte, te recomiendo que cojas más trabajos por cuenta ajena durante un tiempo al menos para recuperarte anímicamente. Yo fue lo que hice. Y ahora vuelvo a las andadas con mi propio proyecto con un poco más de energía”.
Y que razón tenía. A pesar de que recuerdo mi época universitaria como la más fácil y una de las más felices de mi vida, tengo que decir que mi idealismo hizo que tomase algunas decisiones que no fueron buenas. Empecé en el mundo de las ONG muy pronto, con 16 años y me sentí como pez en el agua ¡había encontrado mi sitio! Por eso estudié no sólo una carrera social sino dos: trabajo social y educación social. Los fines de semana coordinaba un proyecto social que había montado con mis amigos en un barrio en riesgo de exclusión social. Pasábamos tanto tiempo allí que bromeábamos con mudarnos al barrio, con las familias a las que atendíamos. Además entre semana estudiaba las dos carreras y era activista de Amnistía Internacional. Cuando mis compañeras de clase se iban a casa a estudiar o a trabajar yo me dedicaba a perseguir alumnos por el campus para que firmasen por la abolición de la pena de muerte en Japón. Gracias a mi pasión por la carrera conseguí muchas becas para hacer prácticas fuera de España. También tenía todo el tiempo del mundo para ir a congresos y cursos gratis. Mi vida era el trabajo social y la educación social, todo lo demás, sobre todo el dinero era innecesario. No entendía por qué había compañeras/os que trabajasen los fines de semana, salvo aquellos que realmente lo necesitaban. Pobrecillos pensaba, no tienen tiempo para hacer voluntariados ni irse a México a aprender. Como siempre he sido una persona muy poco materialista tampoco sentía que necesitase el dinero para caprichos. A mi hermana por ejemplo le gusta mucho la ropa y ella si trabajaba en su tiempo libre.

El jarro de agua fría llegó en el mundo laboral. En el mundo académico estaba en mi salsa, si te esfuerzas, sacas cualquier cosa. En el laboral hace falta otro tipo de inteligencia que se conoce como inteligencia financiera: la capacidad de ganar dinero y administrarlo bien. Y ahora paso a dar mis argumentos de por qué no debí haber hecho tanto voluntariado y si desarrollar otras habilidades:
1. Escoger bien las prácticas: Yo estaba tan cansada de mis múltiples voluntariados y prácticas en otros países que no escogí bien las prácticas en mi ciudad natal. Amigas mías sin ninguna experiencia de voluntariado si escogieron bien y pudieron quedarse a trabajar allí después.
2. Confundir las cosas: Tanta experiencia con ONG y prácticas gratuitas me hicieron olvidar lo que es el trabajo en sí: el trabajo está para darte dinero y tener unos medios para vivir independientemente. Yo no he correlacionado trabajo-dinero hasta hace muy poco, ya que siempre he dado mi tiempo libremente. Hay compañeros/as que tienen experiencia en otros sectores profesionales y eso está bien. Eso hace que sean más precavidos con su tiempo y escojan mejor las oportunidades. De hecho, las mejores trabajadoras sociales emprendedoras que conozco curiosamente han trabajado mucho en otros sectores como en tiendas de ropa.
3. Desarrollar otros conocimientos transversales: Más importante que la experiencia del voluntariado en el mercado laboral son saber inglés, el paquete office, carnet de conducir, ventas, contactos. Aprende esto cuanto antes y dominarás el mundo.
4. Alimentamos una rueda injusta: Como dice uno de mis profesores de carrera “la ley de voluntariado es una ley de economía en el fondo”. Es un problema terrible en la profesión. Nos están eliminando como profesionales y hacer voluntariado alegremente contribuye a ello.
5. Sobreestimar las becas internacionales: Una de las razones por las que he sido adicta a los voluntariados eran mis ganas de conseguir becas y hacer prácticas fuera de España. Era realmente buena haciendo esto. Sin embargo, después me he dado cuenta de que hay muchas, muchas opciones para coger experiencia fuera. Y opciones más inteligentes financieramente hablando. Ahora hay plataformas de intercambio internacional por todas partes, incluso para buscar trabajo allí directamente. Además de páginas de voluntariado internacional como hacesfalta.org u organizaciones como AIESEC. Vamos, que no hace falta conseguir una beca de la Universidad para aprender fuera.
Para terminar me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre la inteligencia financiera y los trabajadores sociales.
Se me ocurre una cosa. ¿Y si tal vez la profesión esté tan mal pagada porque está formada por gente naturalmente con poca inteligencia financiera? ¿Atraerá la profesión del trabajo social a personas financieramente un poco ineptas que se sienten seguras trabajando en ONG y en la Administración Pública en dónde hablar de dinero es poco común? ¿En el fondo nos sentimos más cómodos trabajando gratis? ¿Qué tenemos que hacer los trabajadores sociales para espabilarnos en tema del dinero?
Por mi parte estoy en ello. Después de detectar esta limitación como emprendedora dedico mucho esfuerzo en desarrollar mi inteligencia financiera, que está ahí escondida tras años de vivir en el país de las piruletas. Ahora estoy aprendiendo que no puedo vivir sólo de buenas intenciones, tengo que seleccionar mejor mis proyectos (en función a su rentabilidad) para no desgastarme como emprendedora. En el mundillo empresarial se dice que en un verdadero emprendedor debe ser dos cosas: 1) Un visionario y 2) un gánster. El visionario ve las oportunidades, anima a la gente a seguirle y tiene intenciones puras. De eso tengo mucho. Pero el gánster debe saber poner límites, hacerse respetar y ver fríamente la situación real. Espero poco a poco mejorar en este aspecto. No quiero decir que de repente me vuelva una capitalista sin escrúpulos deseosa de arrancarle a mujeres, hombres y niños todos sus ahorros. Pero si tengo que equilibrarme en este aspecto. Tengo que hacerlo por mi bien y el de mis proyectos. Si no, siempre seré una emprendedora a medias.
P.D. Este post va dedicado a varios trabajadores/as sociales jóvenes que después de mis charlas se acercan para comentarme lo que les angustia trabajar en sectores que no son “lo nuestro”. Repetiré lo mismo que le digo a ellos: eso no resta, al contrario, suma. Siempre estamos aprendiendo. Los trabajadores/as sociales debemos de tener los pies en la tierra y la verdad, el trabajo, de lo que sea, ayuda a esto. Vedlo como una oportunidad, no como una amenaza para vuestra vocación.

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FORMACIÓN: QUIEN DA MÁS POR MENOS

El mes que viene, en Octubre, termino una fase en mi vida clave: por fin, terminaré el máster de Sostenibilidad y Responsabilidad Social Corporativa. Y digo por fin porque no se ha hecho ligero: ha durado 2 años y no han sido pocas horas y pocos disgustos.
El objetivo de este blog no es hablar sobre mí, sino tratar de ayudar a otros que están emprendiendo un proyecto social o se dedican a la Responsabilidad Social, así que el siguiente post va a dedicado a todos los trabajadores sociales que me han preguntado en persona o por escrito sobre qué formación tomar después de conseguir el deseado título universitario. No han sido pocos y el tema me parece tan importante que he decidido hacer un post sólo sobre el tema.
La Formación: Master Vs Cursos de 30 horas
En este otro post sobre la importancia de la especialización defendía la necesidad de ser fácilmente etiquetable teniendo un CV coherente y claro, además de la idea de contar sólo con un master y luego cursos concretos que complementen la formación. Meses más tarde y a sólo unas semanas de obtener el título de máster en sostenibilidad y responsabilidad social corporativa, confirmo con más fuerza la misma idea: Los cursos de 30 horas ganan por goleada a los másteres en el mundo del emprendimiento social y del sentido común en general. Paso a describir mis argumentos:

Másteres
1) Primer desventaja (además fácilmente identificable): el precio. Los másteres cada vez están más caros y cuando comienzas tu propio camino profesional emprendiendo, cada euro hay que exprimirlo. Durante esta etapa de entrenamiento he visto tal cantidad de másteres y a precios tan desorbitados que me entraba la risa. Con mis amigos tenemos el chiste de buscar el máster más absurdamente caro de España. Si alguien cree saber cuál es por favor que lo escriba en comentarios y así me rio un rato.
2) Experiencia de los profesores: Lamentablemente, como todos sabemos, el mundo social se ha devaluado hasta tal punto que los profesores de los másteres sociales en ocasiones, no han trabajado nunca ni de lejos en el mundo social y suelen estar de profesores porque se han pasado años de becarios en la universidad o tienen un buen contacto. Ejemplo práctico: fulanito estudió administración de empresas, hizo un doctorado en finanzas y ahora a clases sobre discapacidad en la empresa en el máster de RSC que vale 7000 euros. Conclusión: tal vez tengamos buenos temarios bien documentados pero el profesor normalmente no se “moja” en el tema: no te aporta nada que no puedas encontrar por internet en unas horas.
3) Atención de los profesores: Esta es una triste realidad que he descubierto este año (al menos en mi máster online) los profesores apenas se han comprometido conmigo como alumna, les daba igual si suspendía, no me presentaba a los exámenes, o si me iba a dar un infarto porque mi tutora del TFM de repente desaparece dos meses sin dar explicaciones. Siempre con la sensación de que me están haciendo un favor por atenderme, en vez de tratarme como lo que soy: una clienta y alumna en sus manos.
4) Tiempo: ¡qué importante es el tiempo! Un máster obviamente te quita mucho tiempo y eso debes valorarlo.
Ventajas: suena mucho mejor y queda más bonito en el CV. También son más horas de formación y tal vez de buena calidad si los profesores son decentes. Aun así alguno no lo será y tendrás que pagar por esa asignatura tanto como por la que merece la pena. Yo no desaconsejo estudiar un máster, pero si hacerlo con cabeza y no más de uno (a no ser que te lluevan los billetes verdes y dudo que esa clase de personas lea mi blog)
Ejemplo real: Rocio Cáceres Damas, reconocida profesional de la intervención social con Alzheimer, no cuenta con ningún máster en Alzheimer sólo años y años de experiencia y estudio autodidacta. En vez de dedicar sus recursos (tiempo y dinero) a estudiar un máster los dedicó a crear el Centro Atrade en Sevilla, el primer centro de atención temprana en Rehabilitación Cognitiva que se conoce.
Cursos/Congresos/Jornadas de 30 horas
Son los cursos a los que me refiero a la hora de completar el CV. Para mí, los ideales:
1. Precio: normalmente baratos, nunca vas a pagar más de 500 € por ellos. Muchos están subvencionados por organismos públicos o son parte de tu formación en la ONG para la que trabajes.
2. Experiencia de los profesores: Esto es lo mejor. Normalmente son grandes profesionales con prestigio en su campo y muy especializados. Nunca verás a fulanito doctor en finanzas dando un curso de este tipo, porque aquí los contactos poco importan, importa la trayectoria y prestigio profesional del formador.
3. Atención de los profesores: toda la posible. El curso puede ser presencial u online (mejor si es presencial) pero el formador te hará mucho caso ya que es su prestigio como formador lo que está en juego. A fulanito doctor en finanzas le da igual lo que pienses sobre su forma de impartir el máster. Nada de lo que pienses alterará su trabajo ni reputación en la universidad, en cambio, el formador de 30 horas trabaja prácticamente por el boca a boca y recomendaciones. No tienen una gran institución de la que es empleado para respaldarle. Lo da todo en sus cursos y se preocupa de cómo le ven sus alumnos, que son clientes. Lo mejor es que puedes contactar con ellos por correo electrónico o por teléfono para preguntarles dudas sobre la aplicación del curso en la vida real. Lo normal es que te atiendan aunque hayan pasado 5 años. De esa forma no sólo obtienes el curso, sino también la posibilidad de plantear dudas al formador siempre que quieras.
4. Tiempo: poco, 30 horas. Y lo repito. Para emprender, el tiempo es clave.
Desventajas: al igual que el máster, el curso te añade líneas en tu CV pero no es tan vistoso. Hay reclutadores que les importan mucho los títulos y a otros más las competencias reales de la persona. Saber con quién quieres trabajar te facilita escoger en este tema. En ocasiones existen cursos con mucho status en tu sector, ya sea por el formador o por la dificultad de entrar en ese curso concreto.
Ejemplo Real: yo misma: Cuando trabajaba en Save The Children me planteé seriamente hacer un máster sobre intervención socio-educativa con infancia y juventud, sin embargo, en la ONG me regalaron un curso de 30 horas sobre la metodología Golden 5. Aprendí tanto que dejé la idea de hacer el máster y desde luego aprendí más que en la carrera. Además, de vez en cuando escribía a la formadora para preguntarle dudas sobre los casos difíciles en los que me encontraba en mi trabajo diario. Para mí fue un antes y un después en mi carrera profesional como educadora social. Y no sólo en mi caso. A día de hoy mis compañeros de la ONG piensan igual. La metodología Golden 5 nos cambió como educadores sociales y fue un curso que nos salió gratis y duró sólo 30 horas.

Elegir bien la formación
Cuando se empieza un proyecto con ilusión, ya sea de empleabilidad o de emprendimiento aparece ante nosotros un amplio listado de opciones, cada vez más grande y apetecible. Escoger bien nuestra formación es un paso importante porque nos quitará nuestros dos recursos más escasos: dinero y tiempo. Durante estos de años de “entrenamiento” he preguntado a profesionales a los que admiro del campo social y no social, qué formación supuso un antes y un después en su carrera profesional. Curiosamente, los testimonios sobre los másteres fueron en mayoría negativos por diferentes motivos (o directamente indiferentes) mientras que la mayoría (yo misma incluida) se habían sentido más inspirados en formaciones cortas ya fuesen congresos, jornadas o cursos elaborados por expertos. Por lo menos me han interesado 10 másteres y expertos de diferentes campos y me seguirán tentando toda mi vida. El Pepito Grillo de la “titulitis” no me dejará en paz nunca, porque la verdad, afortunadamente, el mundo nos ofrece tal cantidad de formación maravillosa que cuesta resistirse a sus encantos. Por ello, utilizo esta serie de ítems antes de decidirme a apuntarme a una formación, ya sea gratis o de pago:

                  Uhmm…este tema me interesa..
¿Necesito un TÍTULO O CONOCIMIENTO?

  1. Preguntate:

¿El título es imprescindible para ejercer AHORA?
¿Quiero ser el profesional más increíble sobre la faz de la tierra en este tema?
Si –>  Haz un máster o experto
No –> Entonces necesitas conocimiento
2) A la hora de elegir un título cuando tienes claro que necesitas para ejercer AHORA y quieres ser un superprofesional en el tema ten en cuenta lo siguiente:
¿Tengo dinero para pagarlo?
¿tengo buenas referencias de él?
¿Puedo dedicarle tiempo?
¿Quiénes son los profesores? ¿tienen una buena trayectoria?
¿Cómo son las condiciones de esta profesión?
Encuentra al menos tres personas que hayan hecho ese máster o experto y pregúntales que han conseguido con ese título.
3) A la hora de elegir las distintas formas de conocimiento:
¿Qué me apetece ahora mismo? Podemos elegir entre leer un libro sobre el tema que te interesa, asistir a un congreso, jornada etc o apuntarnos a un curso corto sobre el tema. Yo elegiría en función del tiempo, interés y cantidad de dinero.
– Pocos Recursos: Libro
– Mediano: Evento
– Mucho: Curso online
– Muchísimo: curso presencial

Y este es el mecanismo por el que yo escojo la formación que voy a cursar, espero que con esto responda a todas las preguntas sobre el tema.

¿y vosotros? ¿con qué criterios escogéis vuestra formación? ¿ha existido un curso o máster que os ha cambiado como profesional? Me encantaría saberlo

Nota 1: En realidad este post trababa sobre mis aprendizajes como emprendedora social en los últimos dos años, pero el tema de la formación ha salido tan a menudo en preguntas y conversaciones con compañeros que sin querer ha crecido y ha protagonizado el post. No pasa nada, para otra ocasión.
Nota 2: También tengo que decir que es fruto de mis reflexiones sobre mi papel como formadora en el tema de la Responsabilidad Social. La verdad es que ha sido una sorpresa tener tanta demanda en este tema y eso me ha hecho replantearme qué clase de formadora quiero ser. Sobre el curso que voy a impartir online el próximo mes hablaré en el siguiente post.

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El Hambre de Trabajo y Trabajo Social

Como algunos de los que me leéis sabéis, he aplazado el curso que iba a impartir en el Colegio de Trabajadores Sociales de Cádiz hasta Octubre. Algunos me habéis escrito preguntándome las razones (gracias por preocuparos por mi) pero además de contestar a los me han escrito considero que el suceso en sí también tiene mucho que ver con el tema del que me gustaría escribir hoy.
Las razones que me han hecho aplazar el curso hasta Octubre son las siguientes:
– Me sentí mal cuando trabajadores sociales de otros países me preguntaban sobré de qué forma podían pagar el curso. Sé por experiencia propia que enviar dinero a otros países de forma convencional (haciendo una transferencia desde tu banco) tiene grandes comisiones y no llega el dinero completo. Para Octubre investigaré más opciones para pagar el curso desde fuera de España.
– Varias personas me escribieron diciéndome que estaban interesados en hacer algo de RSC pero no de Emprendimiento Social y viceversa. Eso me hice pensar que había planteado mal el curso desde el principio. Para Octubre, sacaré un curso exclusivo sobre RSC de 30 horas y más adelante, uno de emprendimiento social.
– En Octubre sabré muchísimo más sobre RSC que ahora. En Junio, con suerte terminaré mi trabajo de fin de máster sobre detección de necesidades sociales y RSC, así que tendré más conocimientos que añadir al curso.
– Algunos problemillas de salud. Gracias a los malos hábitos alimenticios que tuve mientras vivía en México (era una gran aficionada a unos tacos ultra-baratos que en la ciudad los llamaban “tacos de muerte lenta”) volví a España con el estómago dañado y sólo hace falta un periodo de estrés para tener dolores. Estos meses estaré haciéndome pruebas a ver qué es lo que le pasa a mi estómago. Para Octubre imagino que ya sabré que es lo que me pasa y podré controlar los dolores.
– Y el último y más importante de todos: la irresponsable Hambre de Trabajo.

Hambre de Trabajo: Las tristes secuelas de la ideología del trabajo

Yo, Al igual que como la mayoría de la gente, terminé la carrera con muchas ganas de probar mis conocimientos, aprender más y comenzar una vida adulta. Sin embargo la cosa no iba a estar tan fácil. A pesar de que tuve suerte desde el principio, eran pocas horas de trabajo a la semana y tenía mucho tiempo libre. Ahí comenzó mi Hambre de Trabajo: una necesidad casi fisiológica de trabajar y ganar dinero. Recuerdo que por aquella época me avergonzaba de mi tiempo libre. Por ejemplo: cuando alguien me llamaba por teléfono o me cruzaba con mi familia en casa, si estaba haciendo algo ocioso (leer una novela, ver la tele o jugar a algún juego de ordenador) rápidamente cambiaba la novela por un manual de trabajo, apagaba la tele y dejaba el juego. Me avergonzaba muchísimo de no estar trabajando las 24 horas del día. Parece exagerado pero los que me conocen bien lo saben: hasta hace poco no me he reconciliado con la idea de que el ocio es sano.
Al principio pensé que todo esto eran secuelas de la educación un poco espartana que he recibido en mi casa (y yo soy la disfrutona de la familia, deberíais conocer a mi padre, mi madre y a mi hermana) sin embargo, con el tiempo he podido comprobar que no sólo se trata de mí: lo normal, es que nos sintamos mal si “no somos útiles”.

La ideología del trabajo

Casualidades de la vida: actualmente estoy leyendo el fantástico libro “Trabajo, Consumismo y nuevos pobres” (lo recomiendo encarecidamente. Además lo he pedido para el Colegio de Trabajo Social de Sevilla) y ahí está perfectamente explicado el por qué nos ocurre esto:
La ideología de trabajo hace referencia a la asociación que las clases elitistas hicieron de la idea de trabajo= moral para convencer al resto de clases de la necesidad imperiosa de trabajar en las fábricas durante el proceso de industrialización. Imaginaos el panorama: las empresas necesitaban muchos trabajadores baratos, que soportaran horas y horas de trabajo y disciplina completamente antinaturales. Hasta esa época, lo normal es que la gente trabajase y descansase siguiendo sus propios ritmos y siempre produciendo y decidiendo cuándo quería trabajar y cuando descansar. Para que toda esa “panda de vagos” trabajase en las fábricas había que convencerlos que sólo el trabajo dignifica.
Y así la cosa fue derivando hasta lo que tenemos ahora. Salvo por un factor: ya las empresas no nos necesitan; tienen la tecnología y países en desarrollo que no le exigen “tantas cargas fiscales” pero aún continúa en nuestra mente esa idea de que sólo el trabajo dignifica. Y aquí viene el Hambre de Trabajo en Trabajo Social.

Trabajo Social y el Hambre de Trabajo.
Ahora hemos pasado de la sociedad de productores a la sociedad de consumidores. Salimos de la carrera de Trabajo Social y además de “producir” (ser útiles y dignificarnos) tenemos en mente las cosas que nos gustaría comprar: tener nuestro propio coche, nuestra propia casa, hacernos un viajecito… Muchos deseos para una realidad bien distinta: un desempleo tremendo y precariedad para los que han tenido la suerte de tener trabajo. Si además a todas estas coyunturas sumamos las peculiaridades de la profesión del Trabajo Social (precariedad al cuadrado) el Hambre empieza a ser insoportable: no sabemos cómo entrar en el mercado laboral, ni cómo conseguir el suficiente dinero para “sentirnos ciudadanos”. No sólo sufren los desempleados. También sufrimos los que tenemos trabajo, porque sentimos que nunca es suficiente, siempre estaremos al borde de perder nuestro trabajo, de arruinarnos, de no servir para nada. Y por eso aceptamos demasiado trabajo y nos quemamos.
Y esto ha sido lo que me ha ocurrido a mi este año ¡he pasado tanto Hambre de Trabajo! Se me han ofrecido más trabajos del que puedo aceptar y tenido que rechazarlos. El miedo a no tener trabajo en el futuro me obliga a explotarme ahora “por si vienen las vacas flacas”. Al final, mi sentido común triunfa y lo aplazo. Nada justifica vivir con ansiedad y sin disfrutar lo que hacemos.

Soluciones
Desde mi punto de vista hay dos caminos:
El Hambre del desempleado: yo misma he estado desempleada y quizás lo mejor para controlar ese hambre de trabajo es 1) en primer lugar recordar que el trabajo no dignifica. Simplemente por ser una persona eres digno de existir. 2) quítate responsabilidad: el problema del desempleo es algo típico del momento que vivimos. No todo depende de ti 3) si hay algo que sí depende de ti es no desesperarte. Tomar las decisiones tranquilamente no desde el hambre enloquecedora.
El Hambre de los empleados: estos son los consejos que yo aplico a mí misma: 1) mismo ingrediente para el desempleado: recuerda, eres digno trabajando o no 2) aprender la asertividad. Que no de miedo decir “no” a los demás” 3) responsabilizarte de tus actos: si dices que sí a más trabajo del que puedes aceptar rectifica y aprende. Mejor calidad que cantidad.

¿Y vosotros sufrís o habéis sufrido hambre de trabajo?
¡O deseo un fin de semana bien ocioso!